Entonces, ¿para qué tengo corazón?
Vivimos en una sociedad curiosa. Nunca habíamos estado tan conectados, y al mismo tiempo, nunca había parecido tan complicado sentir algo de verdad. Abrimos una aplicación y en segundos podemos hablar con alguien que está a kilómetros de distancia, conocer personas nuevas o compartir partes de nuestra vida con cientos de personas. Sin embargo, en medio de toda esa conexión, parece que también aprendimos a relacionarnos desde el miedo.
Hoy escuchamos constantemente frases como: “no te ilusiones”, “tarda en contestar”, “no demuestres demasiado interés”, “hazte la difícil”, “no te enamores tan rápido”, “que no note que te importa”. Y, sin darnos cuenta, estas frases se convierten en una especie de manual escrito sobre cómo querer a alguien.
La idea principal parece sencilla: si sientes menos, sufres menos. Si te prometes, nadie puede hacerte daño. Si aparentas indiferencia, tienes el control. Pero hay una pregunta que aparece en medio de todo eso y que tiene más sentido del que parece: ¿para qué tengo corazón entonces?
Porque resulta extraño que nos enseñen a esconder lo que sentimos como si sentir fuera una debilidad. Resulta extraño que demostrar interés pueda interpretarse como necesidad, que responder rápido parezca desesperación o que tener ilusión por alguien deba ocultarse para no perder una especie de juego invisible.
Y a lo mejor ese es el problema: hemos convertido muchas relaciones en estrategias. Parece que hay reglas, tiempos exactos y movimientos calculados. Como si querer a alguien fuera una partida donde gana quien se muestra menos débil.
Pero el amor nunca fue eso.
El amor nunca fue esperar dos horas para responder un mensaje que querías contestar desde el primer minuto. Nunca fue fingir desinterés cuando alguien te importa. Nunca fue medir cuánto das para asegurarte de no dar un poco más que la otra persona.
El amor, en su esencia más simple, siempre ha sido algo mucho más humano: emocionarte por una conversación, sonreír cuando ves un nombre aparecer en la pantalla, tener ganas de compartir una noticia con alguien o sentir tranquilidad cuando esa persona está cerca.
Es verdad que la gente puede decepcionarnos. Es verdad que existen heridas, despedidas y personas que llegan solo para quedarse un tiempo. Todos, en algún momento, aprendemos que abrir el corazón implica un riesgo. Pero vivir intentando evitar cualquier herida tiene un precio muy alto.
Tal vez el problema de nuestra generación no es que ya no crea en el amor. Tal vez todavía creemos en él, pero nos asuste demasiado parecer los que sienten más.
Y es triste, porque sentir nunca debería dar vergüenza.
No debería de avergonzarnos tener ilusión. No debería avergonzarnos responder rápido porque queríamos hablar con alguien. No debería avergonzarnos querer a una persona con sinceridad.
Al final, el corazón no está ahí para convertirnos en personas frías ni para enseñarnos a calcular emociones. Está ahí para recordarnos que estamos vivos. Y vivir también significa arriesgarse.
Quizá te rompan el corazón alguna vez. Quizá las cosas no salgan como esperabas. Quizá algunas personas lleguen para quedarse poco tiempo. Pero también existe la posibilidad de encontrar algo real, algo que no necesite estrategias ni juegos.
Y quizás ahí está la respuesta a esa pregunta: ¿para qué tengo corazón entonces? Para sentir. Para ilusionarme. Para amar sin tener que fingir indiferencia. Para equivocarme, aprender y volver a intentarlo. Porque quizá duele abrirlo, pero vivir con él cerrado termina doliendo mucho más.

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